Evaluación de enfermería
Evaluación de enfermería: Fundamentación de los cambios biológicos y fisiológicos en la persona mayor.
Proceso de atención en enfermería
Es un método sistemático de brindar cuidados humanistas centrados en el logro de objetivos de forma eficiente ¿Cuáles son sus características? Es un método porque es una serie de pasos mentales a seguir por la enfermera (o), que le permiten organizar su trabajo y solucionar problemas relacionados con la salud de los usuarios, la que posibilita la continuidad en el otorgamiento de los cuidados; por tal motivo se compara con las etapas del método de solución de problemas y del método científico. Es sistemático por estar conformado de cinco etapas que obedecen a un orden lógico y conducen al logro de resultados (valoración, diagnóstico, planeación, ejecución y evaluación). Es humanista por considerar al hombre como un ser holístico (total e integrado. Es intencionado porque se centra en el logro de objetivos, permitiendo guiar las acciones para resolver las causas del problema o disminuir los factores de riesgo; al mismo tiempo que valora los recursos (capacidades), el desempeño del usuario y el de la propia enfermera (o). Es dinámico por estar sometido a constantes cambios que obedecen a la naturaleza propia del hombre. Es flexible porque puede aplicarse en los diversos contextos de la práctica de enfermería y adaptarse a cualquier teoría y modelo de enfermería es interactivo por requerir de la interacción humano - humano con el usuario para acordar y lograr objetivos comunes.
Bibliografía
Alicia, R. S. B. (2006). Proceso Enfermero. Aplicación actual 2ª Edición México. Editorial.
Evaluación Física
Función circulatoria
Son varios factores que intervienen en el estado circulatorio de los ancianos, los cambios con la edad que afectan al músculo cardíaco provocando una disminución de la función cardiaca, la baja actividad física aumenta un deterioro de la función circulatoria. El tabaquismo y el consumo de alcohol, así como la edad, la herencia y los hábitos de vida pueden ser muy variables de unos ancianos a otros. Al evaluar el aparato circulatorio es preciso recoger una historia familiar, los problemas actuales de dolor o molestias torácicas, especialmente si aparecen al realizar ejercicio. La evaluación debe incluir también una exploración física, toma de T/A, auscultación de los ruidos respiratorios y el registro de la frecuencia del pulso. Otros protocolos de evaluación son la prueba de esfuerzo, toma de muestras de laboratorio, EKG, RX y una evaluación del estado del corazón.
Bibliografía
P.A. (2020) Enfermería Geriátrica. Elsevier Health Sciences.
Función genitourinaria
La valoración física del sistema genitourinario nos permite identificar los cambios estructurales y funcionales que se asocian al envejecimiento. Estos cambios afectan en riñones, uréteres, vejiga, uretra y procesos como la micción, la filtración glomerular y la homeostasis.
Cambios estructurales
Riñones:
Disminuyen de tamaño y peso conforme a la edad.
Reducción del número y tamaño de los glomérulos.
Descenso del flujo sanguíneo renal.
Cambios en nefronas y túbulos, con fibrosis y engrosamiento de membranas.
Vejiga:
Disminución de la capacidad vesical.
Engrosamiento de paredes y menor contractilidad.
Aumento de la sobre activación de la capa de fibra muscular lisa situada en la pared de la vejiga urinaria (detrusor).
Uréteres y uretra:
Los uréteres no presentan cambios significativos.
En la mujer disminuye la longitud uretral y la presión de cierre.
En ambos sexos se debilita el músculo estriado del esfínter.
En el varón, el crecimiento prostático puede obstruir la uretra.
Cambios funcionales
Micción:
Aumento del volumen residual posterior de la micción.
Disminución de la capacidad para concentrar y diluir la orina.
Mayor frecuencia de la necesidad de despertar una o más veces durante la noche para orinar, interrumpiendo el ciclo de sueño (nicturia).
En varones, la hiperplasia prostática benigna puede causar retención urinaria y dificultad miccional.
Filtración glomerular:
Disminuye progresivamente con la edad (mayor riesgo de toxicidad por medicamentos).
La creatinina sérica puede no reflejar adecuadamente la función renal por menor masa muscular.
Alteraciones de la homeostasis:
Menor capacidad para regular sodio, potasio y agua.
Mayor riesgo de deshidratación.
Disminución de la respuesta renal ante cargas ácidas.
Cambios hormonales:
Disminución de renina (hipertensión) y aldosterona (deficiente regulación de electrolitos y/o ERC).
Alteraciones en el sistema vitamina D–parathormona (debilidad muscular, fragilidad y mayor riesgo de fracturas y osteoporosis).
Reducción de la capacidad para mantener el equilibrio hidroelectrolítico.
Conclusión:
Los cambios genitourinarios asociados al envejecimiento afectan la estructura y función renal, la micción, la depuración de fármacos y la homeostasis. Su identificación es esencial para una valoración geriátrica integral y para prevenir complicaciones como incontinencia, deshidratación y toxicidad farmacológica.
Bibliografía:
Mauk, K. L., & de Calatrava, P. M. (2008). Enfermería geriátrica: competencias asistenciales. McGraw-Hill Interamericana.
Función sexual
El aparato reproductor
Los cambios son mucho más marcados cuando se inicia la menopausia, y se produce la disminución de los estrógenos, los síntomas que la acompañan sirven para recordar el envejecimiento de la vida reproductiva, pero los cambios ováricos y neuroendocrinos subyacentes comienzan años antes. En el varón, el sistema reproductor se asocia sobre todo a un déficit de los andrógenos y a manifestaciones clínicas como la impotencia..
Envejecimiento del aparato reproductor femenino
La función neuroendocrina
El eje reproductor consiste en la integración del hipotálamo, la hipófisis y las gónadas (los ovarios en la mujer). Este eje controla las hormonas de la reproducción y los ciclos de la ovulación (Chakraborty y Gore, 2004; Hall, 2004). En el hipotálamo se forma la hormona liberadora de las gonadotropinas (GnRH), que se une en la hipófisis a los correspondientes receptores gonadotropos y estimula la síntesis y liberación de la hormona foliculoestimulante (FSH) y de la hormona luteinizante (LH) (Hall, 2004). La FSH estimula el desarrollo del folículo en el ovario y la conversión de la androstenodiona en estrógenos. La LH desencadena la ovulación, mantiene al cuerpo lúteo y favorece la síntesis de los andrógenos (Hall, 2004; Yialamas y Hayes, 2003). La función reproductora depende mucho de las señales hormonales que el ovario transmite al hipotálamo y la hipófisis (Hall, 2004). El ciclo menstrual funciona de acuerdo con un mecanismo de retroalimentación negativa, pero también depende de una retroalimentación positiva con los estrógenos para producir la oleada de LH durante la ovulación (Hall, 2004).
Entre las alteraciones de la función neuroendocrina que ocurren durante el envejecimiento están los cambios que se producen en los niveles de gonadotropinas. Estos cambios anteceden al que experimentan los ovarios en la edad avanzada, y eso indica que existe una intervención del hipotálamo. Con la edad, los niveles de FSH comienzan a elevarse antes de que se produzca la menopausia y siguen elevándose durante toda la menopausia y aún después de la misma. Las concentraciones de estradiol tienden a aumentar justo antes y durante la transición a la menopausia y luego descienden bruscamente en plena menopausia (Joffe, Soares, y Cohen, 2003). La inhibina B, una glucoproteína que habitualmente se opone a la acción de la FSH, también desciende en las mujeres de edad avanzada, explicando la elevación que experimenta la FSH (Hansen y col., 2005; Klein y col., 1996; Santoro, Adel, y Skurnick, 1999).
Los receptores de los estrógenos y las progestinas que se encuentran en el encéfalo, y que son independientes de las variaciones que experimentan las concentraciones de las hormonas circulantes en el cuerpo (Chakraborty y Gore, 2004; Gill, Sharpless, Rado y Hall, 2002; Hall, Lavoie, Marsh, y Martin, 2000; Rossmanith, Handke Vesel, Wirth, y Scherbaum, 1994). La disminución de los estrógenos relacionada con la edad afecta al cerebro y produce algunos cambios cognoscitivos, insomnio, e incluso depresión, el colágeno de la piel disminuye y se vuelve más delgado, las glándulas sudoríparas y sebáceas se desecan, los folículos pilosos empiezan a deshidratarse, los huesos pierden calcio y la reabsorción ósea aumenta, las mamas pierden tejido conectivo pero ganan tejido adiposo, aumentan las lipoproteínas, se debilita la función de la vejiga urinaria, aparecen cambios de la función cardiovascular y de la presión arterial, y la absorción y el metabolismo de los alimentos se vuelve menos eficiente (Smith, 1998; Wise y col., 1996).
Los ovarios.
Se atrofian y disminuyen de tamaño (Smith, 1998). El número de folículos ováricos disminuye con la edad y provoca un descenso de la fecundidad. Ese descenso se inicia hacia los 30 o 40 años, y es más rápido a partir de los 35 (Digiovanna, 2000; Hall, 2004; Smith, 1998). Los folículos que han quedado en esos años de declive no suelen desarrollarse lo suficiente y sólo algunos llegan a la ovulación y forman un cuerpo lúteo, una mujer de 50 a 65 años no volverá a tener folículos viables (Digiovanna, 2000; Smith, 1998; Wise y col., 1996). El envejecimiento de la función reproductora provoca un descenso de los estrógenos debido al menor número de folículos ováricos. Asimismo hay un declive de la progesterona (Chakraborty y Gore, 2004; Smith, 1998). Los ovarios producen también un 25 % de la testosterona que tienen las mujeres.
El útero.
El grosor del endometrio uterino disminuye durante los ciclos menstruales, debido al descenso de las concentraciones de los estrógenos y la progesterona (Digiovanna, 2000). Ese grosor disminuido acarrea menos flujo menstrual y provoca finalmente la ausencia de ciclos menstruales y el cese de la ovulación y de la menstruación (Digiovanna, 2000). Los ligamentos de sostén que fijan el útero se debilitan con la edad, haciendo que el útero se desvíe hacia atrás (Digiovanna, 2000). El tamaño del útero disminuye hasta un 50% (Digiovanna, 2000, Smith, 1998). En las mujeres posmenopáusicas, el cuello uterino, que es la estructura que da paso a la cavidad uterina, sufre un estrechamiento e incluso una retracción (Smith, 1998).
La vagina.
Se vuelve más angosta y más corta y sus paredes tienden a adelgazar y debilitarse (Smith, 1998). Esos cambios estructurales, principalmente la delgadez de las paredes vaginales y la pérdida de su elasticidad, aumentan las posibilidades de que las mujeres de edad avanzada padezcan lesiones vaginales (Digiovanna, 2000).
La desaparición de algunas capas de la mucosa vaginal y la escasez de sus secreciones provoca la pérdida de la lubricación. En consecuencia, la vagina está muy seca y el coito se vuelve doloroso (Digiovanna, 2000, Smith, 1998). El pH vaginal se desvía también desde el lado ácido (3.8 – 4.2) hacia el lado alcalino (6.5 – 7.5), debido a que los niveles de glucógeno disminuyen en el tejido vaginal, y así se genera un ambiente que favorece la proliferación de los microbios (Digiovanna, 2000, Smith, 1998). Con todo ello, las infecciones vaginales (Digiovanna, 2000). Esa mayor incidencia de infecciones puede deberse también a la retracción de los labios mayores que forman parte de los genitales externos, ya que, al separarse los labios, aumenta al mismo tiempo la superficie expuesta donde los microbios.La menopausia se identifica con la desaparición completa de los ciclos menstruales durante un período superior a 1 año (Digiovanna, 2000; Hall, 2004; Soules y col., 2001 comienza por término medio a los 51 años, pero las alteraciones de la reproducción descritas en este apartado se inician años antes (Digiovanna, 2000; Hall, 2004; Joffe y col., 2003). La última fase reproductora tiene lugar hacia los 35 años y provoca un descenso de la fecundidad que viene marcado por la menor producción de inhibina y de progesterona, más un ligero aumento del estradiol, y una elevación de la FSH (Hall, 2004; Joffe y col., 2003; Soules y col., 2001).
La transición a la menopausia se caracteriza por la reducción del estradiol y por la aparición de ciclos menstruales variables tanto en su fase temprana como tardía. Los períodos de amenorrea desencadenan el tránsito a la fase tardía (Hall, 2004: Soules y col., 2001). Se afirma que la menopausia debe haberse producido 1 año después del último período menstrual. La fase posmenopáusica se caracteriza por el fuerte descenso de las hormonas ováricas funcionantes y por los correspondientes cambios de los órganos hormonalmente dependientes, como la formación y la reabsorción óseas (Hall, 2004: Soules y col., 2001).
Suele estar ligada causalmente a una insuficiencia ovárica y al agotamiento total de los ovocitos. En los primeros años que siguen a la menopausia,la producción de estas hormonas por el ovario acaba decayendo y desaparece por completo en los últimos años de la posmenopausia (Chakraborty y Gore, 2002; Digiovanna, 2000), la producción de androstenodiona por los ovarios disminuye y este descenso podría explicar la pérdida de la libido (Yialamas y Hayes, 2003). Los efectos de la edad avanzada sobre la totalidad del eje reproductor contribuyen al envejecimiento de la función reproductora en la mujer y, finalmente, a la menopausia.
Envejecimiento del aparato reproductor masculino
Cambios neuroendocrinos
En el eje reproductor del varón también participa la integración del hipotálamo y la hipófisis, pero en los varones, la gónada involucrada es el testículo (Schlegel y Hardy; 2002; Yialamas y Hayes, 2003). El hipotálamo libera GnRH a la sangre, luego pasa a la hipófisis y allí estimula la secreción de las gonadotropinas FSH y LH (Schlegel y Hardy; 2002; Seidman, 2003). Las gonadotropinas actúan en los testículos, donde la LH estimula a las células de Leydig para que produzcan testosterona, mientras que la FSH estimula a las células de Sertoli para que inicien y mantengan la formación de espermatozoides (Schlegel y Hardy; 2002; Seidman, 2003; Yialamas y Hayes, 2003). Sin embargo, las células de Sertoli pueden suprimir la secreción de FSH a través de la inhibina B (Schlegel y Hardy; 2002).
En los ancianos, mientras los niveles de testosterona descienden, la cantidad de estrógenos se mantiene estable, y así disminuye el cociente testosterona/estrógenos (Kandeel y col., 2001) El descenso de la testosterona suele acompañarse de disminución de la libido, de las erecciones espontáneas, del deseo sexual, y de los contenidos sexuales del pensamiento(Seidman, 2003).
Cambios del aparato genital masculino
Los testículos pierden tamaño y peso, (Digiovanna, 2000). El número de células de Leydig disminuye, lo que provoca que producen menos testosterona (Digiovanna, 2000, Yialamas y Hayes, 2003). En consecuencia, el cociente estrógenos/testosterona aumenta (Partin y Rodriguez, 2002). Más adelante, las paredes de los tubos seminíferos se adelgazan y aparece estrechamiento de su luz, a veces tan intensa que los tubos pueden llegar a obstruirse (Digiovanna, 2000). Otros cambios capaces de acentuar o contribuir al envejecimiento estructural y funcional de los tubos seminíferos son la reducción del riego sanguíneo y los cambios en la producción de testosterona (Digiovanna, 2000).
Se forman menos espermatozoides, pero esa formación no cesa nunca. Por lo tanto, los varones de edad avanzada conservan la fecundidad (Digiovanna, 2000). Las vesículas seminales y las glándulas bulbouretrales no presentan cambios al envejecer (Digiovanna, 2000). El revestimiento y la capa muscular de la próstata adelgazan debido probablemente al menor flujo sanguíneo de esa región (Digiovanna, 2000). La hiperplasia prostática benigna (HPB), que depende de la edad y de la producción de andrógenos.
El pene.
Los cambios fibrosos que aparecen en el tejido eréctil del pene periuretral aumentan y afecta a todos los tejidos eréctiles (Digiovanna, 2000). La fibrosis es responsable del mayor tiempo que se necesita para lograr la erección; sin embargo, los ancianos conservan la capacidad de erección y son los fármacos o las enfermedades los que suelen debilitarla más (Digiovanna, 2000; Kandeel y col., 2001). Además del mayor retraso en la erección, necesitan más estímulos para mantenerla.Los mayores experimentan orgasmos y eyaculaciones menos intensas, el eyaculado es menos copioso, y el período refractario que sigue a la eyaculación es más prolongado (Kandeel y col., 2001; Schlegel y Hardy, 2002).
Andropausia
La andropausia se caracteriza por el declive de los niveles de testosterona y por una eventual debilidad orgánica lo bastante importante para producir síntomas (ASRM Practice Committee, 2004; Hafez y Hafez, 2004; Yialamas y Hayes, 2003). El déficit de andrógenos en los ancianos produce los siguientes síntomas: disminución de la libido, pérdida de energía, de fuerza y resistencia, mayor irritabilidad y cambios cognoscitivos (ASRM Practice Committee, 2004; Janowsky, Oviatt, y Orwoll, 1994; Korenman y col., 1990; Sternbach, 1998; van den Beld, de Jong, Grobbee, Pols, y Lamberts, 2000; Yialamas y Hayes, 2003), disfunción eréctil, retracción testicular.
Bibliografía:
Mauk, K. L., & de Calatrava, P. M. (2008). Enfermería geriátrica: competencias
asistenciales. McGraw-Hill Interamericana.
Función musculoesquelética
La valoración músculo-esquelética en el adulto mayor constituye un componente esencial del proceso de atención de enfermería, ya que el envejecimiento se asocia con cambios progresivos como disminución de la masa y fuerza muscular (sarcopenia), reducción de la densidad ósea, rigidez articular y alteraciones en el equilibrio y la marcha. Estos cambios incrementan el riesgo de caídas, discapacidad, dependencia funcional y deterioro de la calidad de vida. Desde la práctica enfermera, la evaluación sistemática de la función músculo-esquelética permite identificar de manera temprana limitaciones en la movilidad, presencia de dolor, alteraciones posturales y disminución del rendimiento físico. El uso de herramientas validadas como la Short Physical Performance Battery (SPPB), el Timed Up and Go (TUG) y la medición de la fuerza muscular facilita una valoración objetiva y orienta la planificación de intervenciones dirigidas a mantener la autonomía y prevenir complicaciones. En este contexto, la enfermería cumple un rol fundamental en la detección precoz, educación para la salud y promoción del envejecimiento activo.
Función músculo-esquelética en el adulto mayor
La valoración músculo-esquelética en la persona mayor debe ser integral, sistemática y orientada a la funcionalidad, con énfasis en prevención de caídas, detección de sarcopenia y mantenimiento de la autonomía.
1. Datos de identificación y motivo de valoración
• Edad, sexo, ocupación previa.
• Motivo de consulta (dolor, debilidad, caídas, dificultad para caminar).
• Nivel de independencia actual (ABVD/AIVD).
2. Anamnesis dirigida
a) Dolor
• Localización, intensidad (EVA 0–10).
• Tipo (mecánico vs. inflamatorio).
• Factores desencadenantes y alivio.
• Impacto en sueño y movilidad.
b) Funcionalidad
• Dificultad para:
• Levantarse de la silla.
• Subir/bajar escaleras.
• Caminar distancias cortas.
• Vestirse o bañarse.
c) Antecedentes relevantes
• Caídas en el último año.
• Diagnóstico de artrosis, osteoporosis, fracturas previas.
• Medicación (corticoides, sedantes).
• Nivel de actividad física.
3. Exploración física
3.1 Inspección
• Postura (cifosis dorsal, escoliosis).
• Alineación corporal.
• Atrofia muscular.
• Deformidades articulares.
• Uso de ayudas técnicas.
3.2 Palpación
• Dolor localizado.
• Edema o aumento de temperatura.
• Crepitación articular.
3.3 Rango de movimiento (ROM)
• Activo y pasivo.
• Comparación bilateral.
• Presencia de dolor o limitación.
3.4 Fuerza muscular
• Escala de Daniels (0–5).
• Prensión manual si hay dinamómetro.
• Evaluar extremidades inferiores prioritariamente.
4. Pruebas funcionales recomendadas
Short Physical Performance Battery (SPPB)
Evalúa equilibrio, velocidad de marcha y levantarse de la silla. Puntuación ≤ 8 indica bajo rendimiento físico.
Timed Up and Go (TUG)
Tiempo para levantarse, caminar 3 metros y volver a sentarse. 12 segundos sugiere riesgo de caídas. Velocidad de la marcha (4–6 m) < 0.8 m/s se asocia con fragilidad.
Chair Stand Test (5 repeticiones)
Evalúa fuerza en miembros inferiores.
5. Valoración del equilibrio y marcha
• Base de sustentación.
• Longitud del paso.
• Balanceo de brazos.
• Marcha insegura o con apoyo.
• Prueba de Romberg modificada.
6. Identificación de problemas de enfermería frecuentes
• Deterioro de la movilidad física.
• Riesgo de caídas.
• Dolor crónico.
• Intolerancia a la actividad.
• Fragilidad o sarcopenia.
7. Registro y seguimiento
• Documentar hallazgos objetivos.
• Comparar con evaluaciones previas.
• Planificar intervenciones (ejercicio terapéutico, educación, prevención de caídas).
• Reevaluación periódica (3–6 meses o según condición).
Conclusión
La valoración músculo-esquelética en el adulto mayor es un proceso integral que permite detectar alteraciones funcionales, prevenir caídas y promover la independencia. A través de una evaluación estructurada que incluya anamnesis, exploración física y pruebas funcionales, el profesional de enfermería puede identificar factores de riesgo y establecer diagnósticos oportunos que orienten intervenciones individualizadas.
Asimismo, el seguimiento periódico y la implementación de estrategias preventivas como el ejercicio terapéutico, la educación en autocuidado y la adecuación del entorno contribuyen significativamente a preservar la movilidad y mejorar la calidad de vida del adulto mayor. Por tanto, la valoración músculo-esquelética no solo es una actividad clínica, sino una herramienta clave para fomentar un envejecimiento saludable y seguro
Bibliográficas
Cruz-Jentoft, A. J., Bahat, G., Bauer, J., Boirie, Y., Bruyère, O., Cederholm, T., Zamboni, M. (2019). Sarcopenia: Revised European consensus on definition and diagnosis. Age and Ageing, 48(1), 16–31. https://doi.org/10.1093/ageing/afy169
Guralnik, J. M., Simonsick, E. M., Ferrucci, L., Glynn, R. J., Berkman, L. F., Blazer, D. G., … Wallace, R. B. (1994). A short physical performance battery assessing lower extremity function. Journal of Gerontology, 49(2), M85–M94.
Podsiadlo, D., D., & Richardson, S. (1991). The timed “Up & Go”: A test of basic functional mobility for frail elderly persons. Journal of the American Geriatrics Society, 39(2), 142–148. https://doi.org/10.1111/j.1532-5415.1991.tb01616.x
Función sensorial
De los cinco sentidos (oído, visión, olfato, gusto y tacto), el deterioro de la audición y de la visión son los que tienen aparentemente más consecuencias para la vida de los ancianos.El menoscabo visual y auditivo pueden alterar la capacidad para relacionarse con los demás y tener consecuencias sobre la salud del anciano, sobre su seguridad, sus actividades diarias, relaciones sociales y sobre la calidad de la vida. Hay dos métodos que permiten detectar selectivamente la visión y la audición: el testimonio propio y el basado en la ejecución. Las siguientes pruebas de detección selectiva son técnicas sencillas que sirven para explorar la función visual:
1) ordene a un anciano que lea el titular y la noticia de un periódico y observe si le resulta difícil o le falta seguridad.
2) pídale al anciano que lea el envase de un medicamento prescrito y vuelva a observar sus dificultades y su seguridad.
La sordera de los ancianos es casi siempre bilateral y simétrica y se acentúa en los ambientes ruidosos. Para evaluar los problemas del oído y la audición se usan las siguientes preguntas: ¿Ha padecido algún problema auditivo, dolor de oídos, ruidos de oídos o exudación del oído? En un estudio reciente se afirma que la pregunta ¿Tiene usted algún problema de oídos ahora? sirvió para detectar la pérdida de audición de los adultos mayores. Los otros sentidos son el gusto, el olfato y el tacto. Los dos primeros están muy relacionados, pues el olfato influye en el sabor de los alimentos. La edad avanzada produce algunos cambios en estos sentidos (hay menos papilas gustativas). En la evaluación se debe preguntar principalmente sobre el agrado que produce oler y saborear, sobre la intensidad y duración del problema, y sobre la repercusión del problema sobre la vida de cada día.
Bibliografía:
Mauk, K. L., & de Calatrava, P. M. (2008). Enfermería geriátrica: competencias asistenciales. McGraw-Hill Interamericana.
Función tegumentaria
El sistema tegumentario comprende la piel, el pelo, las uñas, y las glándulas ecrinas (sudoríparas) y sebáceas. El tegumento protege los tejidos del cuerpo y los órganos internos, actúa como una barrera defensiva frente a lesiones e infecciones, regula la temperatura corporal, y actúa como receptor de los estímulos táctiles, de presión y del dolor. Además, es el sistema fisiológico más visible al ojo humano, y por tanto, el que más fácilmente muestra signos de envejecimiento.
La piel: estructura y función
La piel es el órgano más grande del ser humano y se compone de tres capas principales: la epidermis, la dermis, y el tejido subcutáneo. Cada capa tiene una estructura y una función que son distintas y peculiares.
La epidermis
La epidermis es una capa delgada, la más externa de la piel y está formada por tres clases de células: queratinocitos, melanocitos, y células de Langerhans. Los queratinocitos producen una proteína llamada queratina, que cuando se acumula en las células, éstas empiezan a concretarse en una capa superficial de la piel (conocida como estrato córneo) que sirve de protección al cuerpo humano. Con el tiempo, las células están totalmente repletas de queratina y entonces mueren, en cuyo momento se desprenden y son sustituidas por células nuevas. Este proceso de exfoliación y reemplazo celular es cíclico, y cada ciclo dura de 14 a 28 días, según las distintas regiones del cuerpo. Los melanocitos producen melanina, un pigmento esencial que protege al cuerpo de los rayos ultravioleta (UV). La exposición a la radiación UV provoca daños al ADN y otras lesiones celulares tanto en la epidermis como en la dermis. La melanina detiene y absorbe la radiación UV y, al hacerlo así, protege frente a los trastornos funcionales y disminuye el riesgo de aparición de tumores. Debido a su papel protector contra la radiación UV, el número de melanocitos aumenta en la piel expuesta al sol. Las células de Langerhans sólo representan el 1-2% de las células epidérmicas, pero juegan un papel esencial en el sistema de defensa inmunitaria del organismo, especialmente en las reacciones inmunitarias de la piel. Estas células reconocen a los antígenos extraños y reaccionan contra ellos, activando las defensas inmunitarias. Las células de Langerhans, además de reaccionar frente a los antígenos, ponen en marcha respuestas inmunitarias dirigidas contra las células tumorales; o sea, que protegen al cuerpo de las infecciones y de las neoplasias malignas de la piel.
La dermis
La dermis está formada principalmente por fibras del tejido conjuntivo: colágenas y elásticas. El colágeno proporciona la estructura y su solidez a la piel. Debido a su flexibilidad y enorme resistencia, el colágeno opone resistencia frente a las fuerzas de empuje y evita que la piel se desgarre al ser estirada. La elastina, totalmente entrelazada con el colágeno, le aporta elasticidad y flexibilidad a la piel. La dermis contiene también nervios abundantes que sirven para transmitir al cerebro los mensajes oportunos en respuesta a distintos estímulos. Los estímulos del tacto y la presión se detectan y transmiten a través de las terminaciones nerviosas.
La capa subcutánea
La capa subcutánea está formada por colágeno laxo y grasa subcutánea. El colágeno aporta su estructura y solidez a la piel, igual que la dermis. La grasa subcutánea, actúa como aislante evitando la pérdida excesiva de calor. Además, la grasa subcutánea sirve de depósito y reserva de calorías.
Envejecimiento de la piel
Los cambios de la estructura y función de la piel pueden atribuirse al envejecimiento cronológico (intrínseco) o al foto envejecimiento. El envejecimiento cronológico abarca los cambios que supuestamente se deben únicamente al paso del tiempo. El fotoenvejecimiento es el resultado de una exposición prolongada a la radiación UV. La piel cronológicamente envejecida se caracteriza por su delgadez y pérdida de elasticidad. Las arrugas debidas al envejecimiento cronológico suelen ser muy finas, y por eso la piel parece estar bastante lisa. En cambio, la piel foto envejecida muestra arrugas profundas, flojas y curtidas. En general, el envejecimiento cronológico y el fotoenvejecimiento acaban por mezclarse y combinar sus efectos. Además, un recambio epidérmico menos rápido favorece el retraso en la reparación de las heridas de los ancianos. El número de melanocitos activos también disminuye con la edad, a una velocidad del 10 al 20% por cada decenio, con lo que se debilita la barrera protectora que tiene el cuerpo para defenderse de la radiación UV, y por tanto aumenta el riesgo de lesiones del ADN inducidas por los rayos UV. Al avanzar en edad, los melanocitos restantes suelen tener menos granulaciones pigmentarias, y entonces disminuye la probabilidad de que la piel vieja adquiera un color bronceado. Finalmente, la formación de vitamina D3 por la epidermis también disminuye con la edad. Esto se debe a la reducción del precursor epidérmico de la vitamina D3 y a que los ancianos se exponen menos al sol. El déficit de vitamina D3 en los adultos de edad avanzada les deja más expuestos a padecer dolencias óseas, osteoporosis, y otros procesos que ya se han citado.
Las mayores alteraciones debidas al envejecimiento de la piel son las que se observan en la dermis. En general, la capa dérmica adelgaza y pierde un 20% por término medio de su grosor. Este adelgazamiento dérmico se debe en gran parte a la pérdida general de colágeno, que es del 1% aproximadamente al año durante la vida adulta y a la menor flexibilidad. Además, la elastina se vuelve cada vez más frágil y menos elástica. Con la edad, la dermis también pierde parte de sus vasos, y el riego sanguíneo disminuye alrededor de un 60%. Esto produce un descenso de la temperatura cutánea y explica que la piel de los adultos mayores se perciba fría al tocarla. La falta de vasos que caracteriza a la piel del anciano puede comunicar un aspecto más pálido a la piel, y en general los huesos y los vasos restantes situados bajo la piel se vuelven más evidentes a la vista. Además, al perderse sensibilidad, disminuye la capacidad para realizar manipulaciones finas con las manos. La capa subcutánea de la piel adelgaza enormemente con la edad. Esa pérdida de grosor ocurre principalmente en la piel de la cara y las manos. Con la edad hay una redistribución general de la grasa corporal, que se acumula en la región intraabdominal. Por eso, la piel y el espesor del tejido subcutáneo que rodea a las caderas y al abdomen puede aumentar en esas zonas. La capa subcutánea actúa de ordinario como un aislante que evita la pérdida del calor corporal. Por tanto, al adelgazar, disminuye la capacidad de conservar el calor, y por eso los ancianos son más propensos a tener temperaturas bajas y pueden sufrir hipotermia cuando se exponen al frío.
Estrógenos y envejecimiento de la piel
Los estrógenos son hormonas sexuales y sus efectos sobre el envejecimiento de la piel han sido estudiados extensamente. La investigación ha demostrado que el descenso de los estrógenos que acompaña a la menopausia se asocia a un deterioro de la estructura y función de la piel. Se ha comprobado que las mujeres posmenopáusicas que reciben hormonoterapia sustitutiva (HRT) tienen la piel más gruesa y más sana. Las mujeres tratadas con HRT tienen estadísticamente mayor cantidad de colágeno que quienes no reciben HRT. Además, la piel de las que siguen tratamiento hormonal pierde menos elasticidad, lo que actúa positivamente sobre la flojedad de la piel. En un estudio nacional se encontró que los estrógenos pueden evitar la sequedad de la piel y las arrugas cutáneas.
Envejecimiento de los anejos cutáneos
El pelo
El pelo es un producto de los folículos pilosos situados bajo la superficie de la piel. Con la edad, los centros germinales que producen folículos pilosos sufren cambios y de hecho, pueden quedar destruidos. El resultado es que el pelo del cuero cabelludo se vuelve más delgado y se pierde al avanzar la edad, tanto en los varones como en las mujeres. El vello facial de la mujer también puede adelgazar. Sin embargo, al mismo tiempo, el pelo de las cejas y de las orejas de los varones puede volverse más largo y más tosco. De igual modo, en las mujeres, puede crecer un vello facial indeseado, especialmente después de los cambios hormonales asociados a la menopausia. Con el tiempo, el pelo tiende a volverse gris, lo que se debe principalmente a la pérdida paulatina de los melanocitos. La coloración gris del cabello aparece a edades variables, dependiendo de la herencia y de las razas. A pesar de estas variaciones, por regla general se dice que a los 50 años, el 50% de las personas tiene un 50% de cabellos grises.
Las uñas
El crecimiento longitudinal de las uñas disminuye con la edad. Además, las uñas suelen ser más delgadas, más resecas, y más quebradizas cuando una persona envejece. Las uñas también sufren cambios de forma, y generalmente se vuelven más planas o cóncavas en vez de convexas.
Las glándulas
Las glándulas ecrinas y sebáceas sufren cambios con la edad. El número de glándulas ecrinas disminuye aproximadamente un 15% en la vida adulta. Además, su eficacia disminuye y producen menos sudor. Las manifestaciones clínicas consecutivas a estos cambios de las glándulas sebáceas relacionados con la edad son: mayor sequedad cutánea, aspereza y prurito de la piel, y en casos raros, aparición de un carcinoma de las glándulas sebáceas.
El sistema inmunitario
El sistema inmunitario está formado por una red de células y de sustancias bioquímicas cuya misión es defender al cuerpo de los microorganismos invasores, como bacterias, virus, hongos y parásitos. Siempre que el sistema inmunitario se debilita, el organismo se vuelve más vulnerable y queda expuesto a distintas infecciones y enfermedades infecciosas, desde la gripe y el resfriado común, hasta la tuberculosis y el SIDA. Las consecuencias de un sistema inmunitario debilitado, que son numerosas y, a veces, peligrosas para la vida, son un ejemplo de la enorme importancia que tiene este sistema en el mantenimiento de la salud. Cualquier sustancia extraña que invade el cuerpo se conoce como antígeno. Los antígenos poseen moléculas o marcadores de superficie que los identifican como extraños. Si este proceso de discriminación fracasa, el sistema inmunitario atacará a sus propias células. Este ataque de lo propio se llama autoinmunidad y puede dar lugar a varias enfermedades autoinmunes, como la artritis reumatoide y la esclerosis múltiple.
Los mecanismos de defensa del sistema inmunitario pueden ser de dos clases: inmunidad innata (o inespecífica) e inmunidad adquirida (llamada también específica o de adaptación). Cada una de ellas tiene sus propios elementos y métodos de funcionamiento. Sin embargo, las dos deben actuar en estrecha colaboración, y a menudo lo hacen utilizando las citocinas para cumplir una misma responsabilidad: la protección del cuerpo contra las infecciones y las enfermedades.
Bibliografía:
Mauk, K. L. (s.f.). Enfermería Geriátrica Competencias asistenciales. Mc Graw Hill.
Función endocrina y metabólica
Los cambios de la función endocrina relacionados con la edad son: la menor secreción hormonal y la degradación de los metabolitos. La diabetes es más prevalente en la edad avanzada, pero sus síntomas, como la polidipsia, polifagia y poliuria pueden pasar desapercibidos durante años. El hipotiroidismo con sus síntomas de fatiga, pérdida de memoria e hipersensibilidad al frío. El hipertiroidismo es mucho más probable que aparezca en la edad avanzada, pero en los ancianos pueden faltar las manifestaciones típicas de este proceso como la inquietud e hiperactividad. La forma más frecuente de diabetes mellitus que se observa en los ancianos es el tipo 2 o diabetes no insulinodependiente. Los síntomas más específicos deben ser evaluados, como son la polifagia, polidipsia y poliuria. Con las pruebas diagnósticas, como la glucemia en ayunas se obtiene un diagnóstico concluyente La prueba de la tolerancia oral a la glucosa tiene poco valor por sí sola, porque un adulto mayor puede tener una tolerancia disminuida a la glucosa, pero no diabetes (Armetta y Molony, 1999).
Bibliográfica:
Mauk, K. L., & de Calatrava, P. M. (2008). Enfermería geriátrica: competencias asistenciales. McGraw-Hill Interamericana.
Función hematológica e inmunitaria
El envejecimiento es un proceso fisiológico que genera modificaciones progresivas en todos los sistemas del organismo, incluyendo el sistema hematológico e inmunitario. Estos cambios no constituyen necesariamente una enfermedad, pero sí representan una disminución en la capacidad de respuesta del organismo ante situaciones de estrés, infección o inflamación. Comprender las alteraciones hematológicas e inmunológicas en el adulto mayor es fundamental para el personal de enfermería, ya que permiten anticipar riesgos, prevenir complicaciones y proporcionar cuidados individualizados. En relación con la función hematológica, el envejecimiento se asocia con cambios estructurales y funcionales en la médula ósea. Con el paso del tiempo, la médula ósea activa disminuye y es reemplazada progresivamente por tejido adiposo, lo que reduce la reserva hematopoyética. Aunque en condiciones basales la producción de eritrocitos, leucocitos y plaquetas puede mantenerse dentro de parámetros normales, la capacidad de respuesta ante situaciones de demanda aumentada —como infecciones, hemorragias o enfermedades crónicas— se encuentra disminuida.
En cuanto a los eritrocitos, puede observarse una ligera reducción en la producción o una menor respuesta a la eritropoyetina. Si bien el envejecimiento por sí solo no causa anemia, el adulto mayor presenta mayor susceptibilidad a desarrollar anemia secundaria a deficiencias nutricionales (hierro, vitamina B12 o ácido fólico), enfermedades crónicas o insuficiencia renal. La anemia en esta población puede manifestarse con síntomas atípicos como fatiga, debilidad, confusión o disminución funcional, más que con los signos clásicos observados en adultos jóvenes. Respecto a los leucocitos, el número total puede mantenerse relativamente estable; sin embargo, su funcionalidad se ve comprometida. Se presenta disminución en la capacidad de quimiotaxis, fagocitosis y destrucción de microorganismos. Esto implica que, aunque el conteo leucocitario sea normal, la eficacia en la defensa contra agentes infecciosos está reducida. Las plaquetas, por su parte, suelen conservarse en número, pero pueden presentarse alteraciones en la función de la coagulación, especialmente cuando existen comorbilidades o uso de múltiples fármacos.
En relación con el sistema inmunitario, el envejecimiento produce un fenómeno conocido como inmunosenescencia, caracterizado por el deterioro progresivo tanto de la inmunidad celular como de la inmunidad humoral. Uno de los cambios más significativos es la involución del timo, órgano responsable de la maduración de los linfocitos T. Con la edad, disminuye la producción de linfocitos T vírgenes y se altera su capacidad proliferativa, lo que compromete la respuesta frente a nuevos antígenos. En la inmunidad humoral también se observan modificaciones. Aunque los linfocitos B continúan produciendo anticuerpos, la calidad y especificidad de estos disminuyen. Esto explica por qué la respuesta a las vacunas puede ser menos eficaz en el adulto mayor. Además, se ha descrito un estado de inflamación crónica de bajo grado, denominado “inflamaging”, caracterizado por un aumento persistente de mediadores inflamatorios. Este estado contribuye al desarrollo de enfermedades crónicas y reduce la eficiencia de la respuesta inmunitaria aguda.
Las consecuencias clínicas de estos cambios son relevantes. El adulto mayor presenta mayor susceptibilidad a infecciones respiratorias, urinarias y cutáneas, las cuales pueden manifestarse de manera atípica, sin fiebre o con síntomas inespecíficos como confusión o deterioro funcional. Asimismo, la recuperación suele ser más lenta y existe mayor riesgo de complicaciones. También puede observarse un incremento en la incidencia de enfermedades autoinmunes y neoplasias, debido a la disminución en los mecanismos de vigilancia inmunológica. En conclusión, los cambios hematológicos e inmunitarios en el adulto mayor se fundamentan en la disminución progresiva de la reserva medular, la alteración funcional de las células sanguíneas y el deterioro del sistema inmunológico. Estos procesos reflejan una pérdida de capacidad adaptativa más que una falla absoluta del sistema. Desde la perspectiva de enfermería geriátrica, el conocimiento de estas modificaciones permite realizar una valoración integral, identificar signos tempranos de alteración y aplicar intervenciones preventivas orientadas a mantener la funcionalidad y la calidad de vida del adulto mayor.
Evaluación psicológica
Calidad de vida.
La calidad de vida se denomina como la percepción del individuo de su situación en la vida, en el contexto de la cultura y sistema de valores en que vive, en relación con sus objetivos, expectativas, normas y preocupaciones. incorpora la salud física del individuo, su estado psicológico, grado de independencia, relaciones sociales, creencias religiosas y conexión con las características destacadas ambientales. La calidad de la vida abarca todos los aspectos de la vida diaria: a los elementos materiales y ambientales, y al bienestar físico, mental y social.
Factores psicológicos
Los factores psicológicos como la inteligencia y la capacidad cognitiva son indicadores fuertes de un envejecimiento activo y de longevidad.Durante un envejecimiento normal, algunas capacidades cognitivas declinan, naturalmente, con la edad; sin embargo, estas pérdidas pueden compensarse con los logros en sabiduría, conocimiento y experiencia. El deterioro cognitivo se desencadena por desuso (falta de práctica), enfermedad (como una depresión), factores conductuales (como el consumo de alcohol o de fármacos), factores psicológicos (como falta de motivación, pocas expectativas, falta de confianza) y factores sociales (como soledad y aislamiento).
Evaluación psicológica
La evaluación psicológica de los ancianos abarca desde la salud mental como dato positivo, hasta los problemas de la salud mental. La depresión es el problema mental más frecuente de los ancianos.
Depresión
La evaluación psicológica en el adulto mayor abarca tanto aspectos positivos, como la calidad de vida, como problemas de salud mental, siendo la depresión el trastorno más frecuente en esta etapa.Aunque el envejecimiento puede asociarse con bienestar, autonomía y participación social, la depresión representa un problema común que muchas veces pasa desapercibido, ya que sus síntomas suelen confundirse con cambios normales de la edad, enfermedades crónicas o efectos secundarios de medicamentos.
La depresión en el adulto mayor puede tener consecuencias graves y afecta a distintos grupos:
5–10 % de ancianos que viven en comunidad
30–40 % de ancianos hospitalizados recientemente
15–30 % de quienes viven en centros de larga estancia
Para diagnosticar depresión clínica según el American Psychiatric Asociación(DSM-IV), deben presentarse cinco o más síntomas durante al menos dos semanas, entre ellos:
Tristeza persistente
Pérdida de interés o placer
Alteraciones del sueño
Cansancio
Sentimientos de inutilidad
Dificultad para concentrarse
Ideas suicidas
En los adultos mayores, la depresión también puede manifestarse con:
Pérdida de apetito
Ansiedad
Aislamiento social
Desorientación
Problemas cognitivos
Existe una herramienta específica para su detección llamada Geriátrica Depresió Scale (GDS), que consta de 30 preguntas y permite clasificar la depresión en leve o grave según la puntuación obtenida.Además, el aislamiento social y la falta de apoyo (como la ausencia de pareja o red familiar) aumentan el riesgo de depresión. Por ello, la evaluación social y emocional es fundamental para una detección temprana.
En conclusión, la depresión en el adulto mayor es frecuente, muchas veces silenciosa y potencialmente grave, por lo que su identificación oportuna es esencial para mejorar la calidad de vida y prevenir complicaciones.
Evaluación social
Las actividades sociales influyen en la salud y ésta afecta la capacidad de establecer relaciones. Al envejecer, el ámbito social puede reducirse, lo que coloca a la persona en situación de riesgo. Las personas con relaciones sociales poco numerosas y de baja calidad presentan mayor morbilidad y riesgo de mortalidad que quienes cuentan con contactos numerosos y de calidad. Una red de apoyo social, especialmente la presencia de un cónyuge, favorece la permanencia en la comunidad; la falta de pareja puede presagiar el ingreso en una institución geriátrica. (Mauk & de Calatrava, 2008). La evaluación social de los ancianos comprende la recogida de datos sobre la existencia de un entramado social y las relaciones con familiares, amistades, vecinos y comunidad. Incluye preguntas sobre acontecimientos recientes de la vida, arreglos y decisiones, tareas diarias que requieren ayuda, posible aislamiento, suficiencia de ingresos y recursos para la asistencia sanitaria. (Mauk & de Calatrava, 2008). La Lubben Social Network Scale consta de 10 preguntas, de las cuales tres permiten identificar a quienes están aislados. Estas preguntas son: ¿Dispone de alguna persona especial a quien pueda llamar cuando necesita ayuda?, ¿Con cuántos familiares se siente íntimamente unido y se encuentra al menos una vez al mes?, ¿Cuántos amigos cercanos tiene y contacta al menos una vez al mes?. Los aspectos más importantes del apoyo social son el número de personas dispuestas a ayudar y los tipos de apoyo (emocional, instrumental, informativo). Seeman y Berkman elaboraron cuatro preguntas para evaluar un apoyo social suficiente: ¿Cuando necesita ayuda, ¿puede contar con alguien para tareas como limpieza o compras?, ¿Podría disponer de más ayuda para las tareas diarias?, ¿Puede contar con alguien para desahogo emocional o para tomar decisiones?, ¿Podría tener más ayuda emocional?. Estas preguntas permiten determinar si el apoyo social del anciano es suficientemente amplio. (Mauk & de Calatrava, 2008).
Bibliografía:
Mauk, K. L., & de Calatrava, P. M. (2008). Enfermería geriátrica: competencias asistenciales. McGraw-Hill Interamericana.
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